Reloj conmemorativo de los juegos olímpicos de Berlín, 1936 Manufactura. Junghans (Alemania), ca. 1936.
Catalogación Referencia: MIARB Nº 1.600 JDBC.
DATACIÓN HISTÓRICA DE LA FECHA DEL RELOJ:
Siglo XX ,circa año 1936.
NOTICIAS COETÁNEAS A LA CONSTRUCCIÓN DEL RELOJ:
Hitler preside en Berlín la inauguración de los Juegos de la XI Olimpiada.
El régimen alemán convierte los Juegos Olímpicos en un gran escaparate internacional.
Berlín 1936: deporte, propaganda y poder bajo la mirada de Hitler.
Berlín inaugura los Juegos Olímpicos ante miles de atletas de 49 naciones.
La antorcha olímpica llega por primera vez a la capital alemana tras un histórico relevo desde Olimpia.
Jesse Owens asombra al mundo con su extraordinaria velocidad en el Estadio Olímpico.
La televisión transmite por primera vez unos Juegos Olímpicos a los espectadores alemanes.
Berlín recibe a miles de visitantes extranjeros durante la gran cita del deporte mundial.
Clausurados los Juegos de la XI Olimpiada tras dieciséis días de competición y récords deportivos.
PAÍS DE CONSTRUCCIÓN DEL RELOJ:
Alemania, Selva Negra.
DESCRIPCIÓN DEL RELOJ, FICHA TÉCNICA:
Reloj de bolsillo conmemorativo de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 Junghans (Alemania), ca. 1936.

Fotografía del reloj alemán Junghans que diseñó expresamente esa manufactura para las olimpiadas de Berlín en el año 1936. Anecdóticamente no fue Junghans quien cronometró ese año las olimpiadas fue Omega. De ahí que en 1972 lo fuera Junghans.
Este singular reloj de bolsillo constituye uno de los testimonios relojeros más representativos de los Juegos de la XI Olimpiada, celebrados en Berlín durante el verano de 1936. Fabricado por la prestigiosa manufactura alemana Junghans, fue concebido como un reloj conmemorativo destinado al público asistente al acontecimiento deportivo, pudiendo ser adquirido por los visitantes nacionales y extranjeros que acudieron a la capital alemana con motivo de los Juegos Olímpicos.
Su caja metálica, pavonada en tono oscuro, responde a una estética sobria y funcional propia de la relojería alemana de la década de 1930. El elemento que convierte esta pieza en un objeto excepcional es la decoración aplicada sobre la tapa posterior, donde aparecen los cinco anillos olímpicos realizados en esmaltes de vivos colores —azul, amarillo, negro, verde y rojo— montados sobre aros metálicos en relieve. Debajo de ellos figura el grabado manual «BERLIN 1936», inscripción que individualiza la pieza y la vincula de manera directa con la celebración olímpica.
Los anillos presentan la inscripción «CP. GES. GESCH.», abreviatura de la expresión alemana Gesetzlich geschützt («legalmente protegido»), utilizada para indicar que el diseño se encontraba registrado y protegido conforme a la legislación alemana sobre propiedad industrial. Esta marca aparece con frecuencia en objetos oficiales y recuerdos producidos con autorización durante la Alemania de los años treinta.
La esfera conserva la característica disposición de doble lectura horaria, con numeración arábiga principal de 1 a 12 en color negro y una segunda escala interior de 13 a 24 en color rojo, recurso muy utilizado en relojes de uso cotidiano de la época. A las seis horas incorpora un pequeño segundero independiente. Aunque el esmalte de la esfera presenta pérdidas y restauraciones antiguas, el conjunto mantiene intacto su extraordinario interés histórico y documental.
La maquinaria, firmada por Junghans, corresponde a un movimiento mecánico de cuerda manual de arquitectura sencilla y robusta, concebido para ofrecer precisión y fiabilidad. La manufactura Junghans, fundada en 1861 en Schramberg (Selva Negra), era ya en 1936 uno de los mayores fabricantes de relojes del mundo y suministraba millones de piezas tanto para el mercado civil como para organismos públicos y corporativos alemanes.
Este reloj no fue una medalla oficial ni un cronómetro deportivo empleado en las competiciones, sino un reloj conmemorativo de adquisición pública, constituyendo un valioso documento material de la cultura del coleccionismo olímpico, al reflejar cómo la industria relojera alemana participó en la difusión internacional de los Juegos de Berlín.
En la actualidad, los ejemplares conservados con la decoración olímpica esmaltada completa y la inscripción «Berlín 1936» son notablemente escasos, si bien en su momento se comercializaron probablemente en grandes cantidades lo que confiere a esta pieza un elevado interés histórico, museístico y coleccionista. Más allá de su función como instrumento para medir el tiempo, representa la convergencia entre la alta producción relojera alemana, el diseño industrial de entreguerras y uno de los episodios más significativos de la historia del movimiento olímpico.
HISTORIA O ANTECEDENTES DE LA MARCA O MAESTRO RELOJERO QUE REALIZÓ ESTE RELOJ:
La historia de la manufactura relojera alemana Junghans es un relato de innovación, resiliencia y diseño icónico que comenzó en la Selva Negra, concretamente en Schramberg, en el año 1861. Fundada por Erhard Junghans y su cuñado Jakob Zeller-Tobler, la empresa se inició modestamente fabricando componentes para otros relojeros de la región, pero pronto comenzó a producir sus propios relojes completos en 1866. La visión industrial de Erhard, inspirada en los métodos de producción en masa estadounidenses, permitió a la marca crecer a un ritmo vertiginoso, combinando la precisión artesanal alemana con una eficiencia comercial sin precedentes. A la muerte del fundador, sus hijos Arthur y Erhard hijo asumieron el control, introduciendo innovaciones tecnológicas cruciales y registrando en 1890 la famosa estrella de ocho puntas que sigue siendo el emblema inconfundible de la casa. Para el año 1903, Junghans se había convertido en la fábrica de relojes más grande del mundo, empleando a miles de trabajadores y produciendo millones de piezas al año, consolidándose como un gigante global de la cronometría.
A lo largo del siglo XX, la compañía supo adaptarse a los profundos cambios sociopolíticos y tecnológicos de su entorno. Durante la década de 1930, Junghans comenzó a desarrollar sus propios movimientos mecánicos de alta calidad, consolidando su reputación no sólo como un productor masivo, sino también como una manufactura de precisión capaz de competir con la alta relojería suiza. El verdadero hito estético y conceptual de la marca llegó en la década de 1950, cuando iniciaron una colaboración histórica con el arquitecto y diseñador suizo Max Bill, formado en la Bauhaus. Esta alianza dio origen a una línea de relojes de pared y de pulsera caracterizados por un minimalismo extremo, una legibilidad absoluta y una armonía matemática que hoy en día siguen considerándose obras maestras del diseño industrial contemporáneo. Al mismo tiempo, en el ámbito deportivo, la firma alcanzó su cumbre al convertirse en el cronómetrador oficial de los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, donde revolucionó la medición del tiempo con el uso de sistemas electrónicos e introdujo la foto finish en color.
A pesar de los desafíos que supuso la crisis del cuarzo en las décadas posteriores, Junghans se mantuvo a la vanguardia de la innovación técnica al presentar en 1990 el primer reloj de pulsera radiocontrolado del mundo, el MEGA 1, seguido poco después por modelos alimentados por energía solar. Tras superar un periodo de inestabilidad financiera a principios del siglo XXI, la manufactura fue adquirida en 2009 por los empresarios locales Hans-Jochem Steim y Hannes Steim, quienes devolvieron la empresa a sus raíces familiares y revitalizaron su herencia mecánica sin abandonar su espíritu tecnológico. En la actualidad, desde sus históricas instalaciones escalonadas en terrazas en Schramberg, Junghans sigue fusionando con maestría la rica tradición relojera de la Selva Negra con los principios de diseño de la Bauhaus, demostrando que su legado sigue tan vivo y relevante como en sus primeros días de esplendor decimonónico.
FOTOGRAFÍAS O IMÁGENES HISTÓRICAS DE LA ÉPOCA EN LA QUE SE UTILIZABA ESTE RELOJ:


CALIBRE DEL RELOJ:
El calibre de este reloj es redondo a tres cuartos.
Los relojes de bolsillo abarcan una amplia gama de calibres, desde los más antiguos como el catalino el semicatalino a los básicos como el calibre Roskopf, hasta los más avanzados como el calibre tourbillon. Cada uno de estos calibres refleja diferentes enfoques para la medición del tiempo, adaptados a las necesidades tecnológicas, económicas y sociales de su época.
En relojería, el término calibre hace referencia al diseño o tipo de movimiento interno de un reloj, incluidas las dimensiones, disposición y componentes del mecanismo. En el caso de los relojes de bolsillo, hubo una amplia variedad de calibres desarrollados a lo largo de los siglos XIX y principios del XX, adaptados a distintas necesidades y estilos.
TIPO DE ESCAPE DEL RELOJ:
El escape de este reloj es de ancora.
En la relojería mecánica, el escape es el órgano encargado de regular la transmisión de energía desde el tren de rodaje hacia el volante y la espiral. Su misión es doble: por un lado, mantener la oscilación del órgano regulador mediante impulsos periódicos, y por otro, dividir de forma precisa el tiempo en fracciones iguales, que serán indicadas por las agujas. En los relojes de bolsillo, desde el siglo XVI hasta comienzos del XX, se desarrolló una gran variedad de escapes, cada uno con características propias que marcaron la evolución técnica hacia la relojería moderna.
El escape catalino (verge fusee escapement).
Es el más antiguo de todos los empleados en relojería portátil. Introducido en el siglo XVI, consta de un eje vertical denominado Verge fusee con dos paletas que engranan directamente con la rueda de escape en forma de corona, llamada catalina. Su principal ventaja es la simplicidad, pero adolece de ser muy ineficiente, con gran fricción, alto desgaste y una amplitud reducida del volante. Siempre se combina con la cuerda-fusée o cadenita necesaria para compensar la irregularidad del muelle real. Su sonido fuerte y característico delata este tipo de mecanismo.
El escape semicatalino.
Llamado así porque conserva la estética de los relojes catalinos pero con un mecanismo completamente distinto, aparece en el siglo XIX como transición hacia la relojería moderna. En lugar del primitivo sistema de Verge Fusee, emplea un escape de áncora, mucho más preciso y duradero. A menudo se confunden con los catalinos, pero se distinguen porque su escape no es vertical y porque suelen carecer de fusée, trabajando directamente con el barrilete. En la práctica, el semicatalino marca el paso del reloj antiguo al moderno, al unir una caja de estilo tradicional con una mecánica evolucionada.
El escape Duplex.
este escape constituye uno de los desarrollos más interesantes en la historia de la relojería de bolsillo del siglo XVIII y XIX, al representar un punto de transición entre los escapes de rueda de corona y los más evolucionados de áncora. Su nombre proviene del diseño de su rueda de escape, que posee dos series de dientes dispuestas en niveles distintos, una superior y otra inferior, responsables respectivamente del impulso y del bloqueo. En esencia, el Duplex es un escape directo, pues transmite la energía del tren de engranajes al volante sin intermediarios como paletas o áncora. Su funcionamiento puede describirse del modo siguiente: la rueda de escape gira impulsada por el muelle real, y en su eje se encuentra un pasador o piedra de impulso montado en el eje del volante. Cuando este oscila, dicho pasador se acopla momentáneamente con uno de los dientes largos de la rueda de escape, recibiendo de él el impulso que mantiene su oscilación. Una vez transmitida la energía, un diente corto de la misma rueda entra en contacto con la superficie de bloqueo o disco del eje, deteniendo el movimiento hasta el siguiente paso del volante. Este juego alterno de impulso y bloqueo, logrado mediante dos coronas de dientes, confiere al sistema una regularidad notable siempre que las proporciones sean exactas. El escape Duplex ofrece un rendimiento muy eficiente en términos de fricción, ya que reduce el número de puntos de contacto y elimina las pérdidas que generan las paletas del áncora. Sin embargo, su principal debilidad reside en su extrema sensibilidad: una leve variación en la altura de los dientes, en la posición del pasador o en la geometría del disco de bloqueo puede alterar su marcha o incluso detener el reloj. Por esta razón, aunque alcanzó un grado de precisión muy respetable en su tiempo y fue empleado por diversos relojeros europeos, su ajuste requería una pericia considerable y su mantenimiento resultaba complejo. Además, al no permitir cuerda en ambos sentidos ni incorporar sistemas antichoque, el Duplex era poco adecuado para relojes de uso cotidiano. Con el avance del siglo XIX y la consolidación del escape de áncora suizo, más robusto y fácil de regular, el Duplex cayó en desuso, permaneciendo hoy como una pieza de interés histórico y técnico. Su diseño, elegante en su simplicidad, resume el espíritu de una época en que la relojería buscaba conjugar precisión científica y refinamiento mecánico.
El escape de cilindro.
Introducido por Thomas Tompion y perfeccionado por George Graham a principios del siglo XVIII, fue uno de los más difundidos en relojes de bolsillo de los siglos XVIII y XIX. Su principio se basa en un cilindro hueco en cuyo interior engrana la rueda de escape. El impulso se transmite con menor fricción que en el catalino, y permite relojes más planos y precisos, aunque el desgaste de las superficies de contacto limitaba su durabilidad.
El escape de espiga o de clavijas (pin lever escapement).
Popularizado en relojería económica del siglo XIX, consiste en una rueda de escape que impulsa pequeñas clavijas en lugar de paletas de rubí. Se trataba de una solución barata, de fabricación sencilla, pero menos precisa y duradera que los escapes de áncora.
El escape de detente o de cronómetro (detent escapement).
Empleado principalmente en cronómetros marinos y en algunos relojes de bolsillo de alta precisión. Se caracteriza por su transmisión directa del impulso al volante, con una sola dirección de acción. Su ventaja es la altísima precisión y la ausencia de fricciones innecesarias; su desventaja, la fragilidad, pues un golpe o sacudida puede detener la marcha.
El escape a Roskopf.
El escape Roskopf es un sistema de escape simplificado utilizado en relojes de bolsillo económicos desde finales del siglo XIX, concebido por Georges Frédéric Roskopf con el objetivo de fabricar relojes accesibles para el gran público.
Se trata de una variante del escape de áncora en la que las tradicionales paletas de rubí se sustituyen por dos pasadores metálicos, reduciendo drásticamente los costes de producción. El mecanismo permite que la rueda de escape avance de forma regulada mientras transmite impulso al volante, pero con menor precisión y mayor fricción que los escapes de mayor calidad.
Su principal virtud es la simplicidad, robustez y bajo coste, lo que permitió la producción masiva de relojes conocidos como “relojes del obrero”. Como contrapartida, presenta menor exactitud y mayor desgaste.
En síntesis, el escape Roskopf es una solución técnica clave en la democratización de la relojería, sacrificando refinamiento mecánico en favor de accesibilidad y producción industrial.
El escape de áncora inglés y el áncora suizo.
El escape de áncora, inventado en Inglaterra a finales del siglo XVII, introdujo la idea de una palanca intermedia (la áncora) que transmite el impulso desde la rueda de escape al volante. El escape de áncora suizo, perfeccionado en el siglo XIX, se convirtió en el estándar de la relojería moderna. Su principal virtud es la combinación de fiabilidad, eficiencia y facilidad de ajuste.
Otros escapes menos comunes.
En el campo experimental o de alta relojería aparecieron también el escape duplex (de doble impulso, desarrollado en el siglo XVIII), el escape de rueda de encuentro (muy temprano, precursor del catalino), o el escape de palanca con clavijas. Estos sistemas tuvieron una difusión limitada pero forman parte de la historia técnica de los relojes de bolsillo.
TIPO DE VOLANTE DEL RELOJ:
El volante de este reloj es anular dotado de tornillos de compensación térmica.
Dentro de la maquinaria de un reloj mecánico, el órgano regulador tiene por objeto transformar la energía suministrada por el tren de rodaje en oscilaciones periódicas que gobiernan el avance de las agujas. En este contexto, el volante constituye el elemento oscilador por excelencia. El volante anular, definido por su geometría de aro cerrado, se caracteriza por un reparto homogéneo de la masa en torno al eje de oscilación, lo que genera un elevado momento de inercia. Esta propiedad asegura una mayor estabilidad isócrona frente a perturbaciones menores, aunque a costa de requerir mayor aporte energético desde el escape.
El volante anular macizo fue empleado ya en los relojes portátiles del siglo XVII y se consolidó como estándar en la relojería de bolsillo de los siglos XVIII y XIX. Su principal limitación técnica radicaba en la sensibilidad térmica: la dilatación del metal alteraba el diámetro efectivo y, por ende, la frecuencia. Para corregir esta deficiencia, Abraham-Louis Breguet introdujo a finales del siglo XVIII el volante bimetálico cortado, cuyo aro, formado por láminas de acero y latón, incorporaba ranuras de dilatación que permitían una compensación dinámica frente a la variación de temperatura. Este avance fue clave en el desarrollo de los cronómetros marinos y estableció un estándar técnico que se mantuvo hasta el siglo XX.
En paralelo, la búsqueda de precisión condujo a la implementación de volantes con tornillos de regulación. Estos incorporaban en la periferia pequeños tornillos de latón, oro o platino que permitían variar el momento de inercia y equilibrar dinámicamente el oscilador. Charles Édouard Guillaume, premio Nobel de Física en 1920, desarrolló una aleación de hierro y níquel conocida como Invar que revolucionó la relojería al ofrecer una elasticidad prácticamente invariable frente a la temperatura. Con la introducción de estas aleaciones, la necesidad del volante cortado desapareció, dando paso a volantes anulares macizos con comportamiento térmico estable.
En la relojería contemporánea, firmas como Rolex,Patek Philippe, Audemars Piguet, Vacheron Constantin, A. Lange & Söhne, Jaeger-LeCoultre, Breguet, F.P. Journe, Cartier entre otras perfeccionaron el concepto del volante anular mediante sistemas de inercia variable. Rolex patentó su volante Microstella (patente suiza CH 356.934, de 1961), con microtornillos interiores que permiten ajustar la inercia sin alterar la masa global. Patek Philippe, por su parte, desarrolló el sistema Gyromax en 1951, en el que pequeñas masas pivotantes dispuestas radialmente permiten una regulación extremadamente precisa y aerodinámicamente más eficiente. Estos sistemas eliminaron la necesidad de raquetas de ajuste y se consolidaron como referentes en la alta relojería suiza.
La evolución reciente ha incorporado nuevos materiales y arquitecturas. El empleo de silicio monocristalino, introducido en relojería a principios del siglo XXI (Ulysse Nardin, 2001; Patek Philippe, 2005), ha permitido diseñar volantes ultraligeros, antimagnéticos y con coeficientes de dilatación prácticamente nulos. Asimismo, algunos fabricantes han explorado volantes esqueletados o con geometrías complejas optimizadas mediante simulaciones computacionales para minimizar la resistencia aerodinámica y mejorar la eficiencia energética.
En conclusión, el volante anular representa no sólo la pieza central del órgano regulador, sino también un testimonio histórico de la constante búsqueda de la isocronía. Desde el volante macizo del siglo XVII hasta los actuales volantes de silicio con inercia variable, su evolución refleja un diálogo entre tradición artesanal, innovación metalúrgica y desarrollo científico que ha definido el progreso de la relojería de precisión.
HISTORIA DE LA RELOJERÍA DE BOLSILLO EN EL MUNDO:
La historia de la relojería de bolsillo constituye un relato fascinante de innovación, arte y técnica, que se desarrolla a lo largo de varios siglos y atraviesa distintos países y tradiciones culturales. Sus orígenes se sitúan en la Europa del siglo XVI, cuando los primeros relojes portátiles comenzaron a aparecer en Alemania e Italia. En Nuremberg, Peter Henlein desarrolló en torno a 1510 los primeros relojes de bolsillo, conocidos como Nürnberger Eier por su forma ovoide, combinando muelles de cuerda con engranajes rudimentarios. Paralelamente, en Italia se produjeron piezas de carácter artesanal, a menudo como objetos de lujo para la nobleza, donde la decoración superaba la precisión mecánica, utilizando cajas de oro y esmaltes pintados.
Durante el siglo XVII, Francia e Inglaterra se consolidaron como centros fundamentales de la relojería de bolsillo. En Francia, los talleres parisinos desarrollaron complicaciones como repeticiones de cuartos y calendarios, mientras que la escuela inglesa, representada por relojeros como Thomas Tompion y George Graham, perfeccionó los escapes de reloj y los sistemas de compensación de temperatura, con avances decisivos en la precisión cronométrica. La implantación del escape de áncora inglés en 1675 permitió la fabricación de relojes de bolsillo más fiables y duraderos, estableciendo un estándar de excelencia que influiría en toda Europa.
Suiza se convirtió en el siglo XVIII en el epicentro de la relojería de lujo y precisión. Ciudades como Ginebra, La Chaux-de-Fonds y Le Locle consolidaron talleres que combinaban técnicas francesas, inglesas y propias. Se destacaron por la miniaturización, los acabados de alta calidad, la introducción de escapes innovadores como el Duplex y el cilindro, y la producción de complicaciones complejas, incluyendo cronógrafos, repetición de minutos y calendarios perpetuos. La relojería suiza se orientó tanto al mercado europeo como al americano, donde la demanda de relojes portátiles precisos creció durante la expansión industrial.
En Alemania, Sajonia, especialmente la región de Glashütte, desarrolló un estilo propio a partir del siglo XIX, con énfasis en la precisión técnica y la excelencia mecánica. Relojeros como A. Lange & Söhne crearon calibres con acabados de alta calidad, platinas decoradas y sistemas de regulación innovadores, que rivalizaban con los mejores relojes suizos, aportando además un carácter distintivo a la relojería alemana.
En Inglaterra, el siglo XVIII y XIX fue la época dorada de la relojería de precisión con los relojes de bolsillo de alta precisión destinados a la navegación y la cronometría. John Harrison desarrolló los famosos cronómetros marinos que resolvieron el problema de la longitud, mientras que otros fabricantes perfeccionaban escapes y ruedas de volante con balances de compensación térmica, consolidando a Inglaterra como referente en relojería científica y de precisión.
Italia, aunque menos influyente en la producción industrial, mantuvo una tradición artesanal de relojería de lujo, con relojes de bolsillo decorativos y complicados, destinados a la aristocracia y al coleccionismo, combinando esmaltes, piedras preciosas y grabados finos.
En Estados Unidos, la relojería de bolsillo se industrializó en el siglo XIX, con empresas como Waltham Watch Company y Elgin National Watch Company, que desarrollaron producción en serie de relojes precisos y asequibles. El modelo estadounidense se caracterizó por la estandarización de piezas y la robustez, lo que permitió la expansión del reloj de bolsillo entre la clase media y los ferrocarriles, donde la precisión era esencial para la seguridad.
Rusia también tuvo un papel destacado, especialmente durante el siglo XIX y principios del XX, con talleres como los de Peterhof y las manufacturas de San Petersburgo, que produjeron relojes de lujo e incorporaron influencias suizas en escapes y decoración, abasteciendo a la nobleza imperial y al mercado europeo.
Japón y China, aunque inicialmente adoptaron la relojería europea a través del comercio, comenzaron a producir relojes de bolsillo de manera local desde finales del siglo XIX y principios del XX. En Japón, compañías como Seikosha iniciaron la manufactura de relojes inspirados en modelos suizos y americanos, adaptando tecnologías importadas y formando las bases de la relojería moderna japonesa.
A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la relojería de bolsillo se consolidó como un fenómeno global, en el que Alemania, Suiza, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Italia y Rusia desempeñaron papeles decisivos, mientras que Japón y China adoptaron progresivamente estas técnicas para su industria emergente. Cada país aportó innovaciones únicas: escapes, compensaciones, complicaciones y acabados decorativos, que reflejan tanto las exigencias funcionales como la sensibilidad estética de sus respectivas culturas. La relojería de bolsillo, en definitiva, no solo fue un instrumento de medida del tiempo, sino un objeto artístico y tecnológico que permitió el desarrollo de estándares de precisión y manufactura que sentaron las bases de la relojería contemporánea en todo el mundo.
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