Muy inusual e histórico Reloj de bolsillo CORTEBERT, diseñado exclusivamente para la casa Peugeot con grabación en el bisel delantero: “Ofert par les Fils de Peugeot, Freres, Valentigney”. En tapa posterior: se ha sobrepujado un gran león macho posando sobre una flecha “Lion Peugeot”. (5,4 cm de diámetro).

Catalogación Referencia: MIARB Nº 1.515 JDBC.

DATACIÓN HISTÓRICA DE LA FECHA DEL RELOJ:

Siglo XX,circa año 1890.

NOTICIAS COETÁNEAS A LA CONSTRUCCIÓN DEL RELOJ:

Bismarck dimite: El Canciller de Hierro abandona el gobierno del Imperio Alemán.
Crisis política en el Reino Unido tras el ascenso del Partido Laborista Independiente.
Japón y China tensan sus relaciones por el control de Corea.
Rusia continúa la expansión del ferrocarril Transiberiano hacia el Lejano Oriente.
Estados Unidos completa la censura del territorio indígena tras la masacre de Wounded Knee.
Francia refuerza su presencia colonial en África Occidental tras nuevas expediciones militares.

PAÍS DE CONSTRUCCIÓN DEL RELOJ:

Suiza, Cortebert.

DESCRIPCIÓN DEL RELOJ:

Reloj de bolsillo CORTEBERT, diseñado exclusivamente para la casa Peugeot con grabación en el bisel delantero: “ Ofert par les Fils de Peugeot, Freres, Valentigne “ y en tapa posterior: se ha sobrepujado un gran  león macho posando sobre una flecha “ Lion Peugeot”.

El reloj de bolsillo Cortébert creado en exclusiva para la casa Peugeot con su logo en la tapa posterior es una pieza histórica extraordinariamente inusual, no solo por su manufactura suiza de alta calidad, sino por tratarse de un encargo directo de Les Fils de Peugeot Frères, la histórica firma familiar de Valentigney, anterior a la Peugeot moderna, cuando todavía fabricaban herramientas, sierras y bicicletas antes de su expansión al sector automovilístico.

En el bisel delantero aparece grabada, en un francés industrial de finales del siglo XIX o primeros años del XX, la leyenda “Ofert par les Fils de Peugeot Frères, Valentigney”, confirmando que se trataba de un obsequio corporativo o pieza distintiva destinada a directivos, distribuidores o personal relevante dentro de la estructura de la firma.

La esfera esmaltada blanca, firmada Cortébert, muestra numeración árabe azul de estilo francés y marcación de 24 horas en pequeño círculo exterior, con agujas doradas finamente caladas que corresponden a la estética suiza del periodo. El pequeño segundero a las seis está proporcionado con gran equilibrio y su tipografía es coherente con la producción Cortébert de torno a 1895–1910. Al girar la pieza, la tapa posterior presenta un repujado monumental: un león macho magníficamente modelado, de melena plena, en actitud heráldica caminante sobre una flecha horizontal, bajo la cual se repite la inscripción “Lion Peugeot”. Esta iconografía corresponde al emblema originario de Peugeot registrado en 1850 para distinguir sus sierras de acero, décadas antes de su aplicación en automóviles, por lo que este reloj actúa como un testimonio directo de la identidad primigenia de la marca.

La caja, de metal plateado finamente trabajada, ofrece un canto con cenefas punteadas típicas del estilo suizo-francés de frontera, y la corona cebolla bicolor muestra un desgaste acorde con un siglo de existencia. Al abrir la tapa interior se descubre un movimiento suizo de arquitectura muy limpia, con platina de latón dorado, tren de ruedas expuesto y puente de volante de corte clásico; un calibre robusto de caballería ligera característico de Cortébert, manufactura reputada por su precisión y por abastecer a casas ferroviarias, militares y a una extensa red de distribuidores europeos. La combinación de este calibre con una caja totalmente personalizada para Peugeot confirma que no es un producto genérico reempaquetado, sino un encargo directo ejecutado con altos estándares.

La pieza, en su conjunto, representa un cruce histórico excepcional entre una manufactura suiza de primera línea y la dinastía industrial Peugeot en su etapa más rica y menos documentada, aquella en la que los relojes y artículos de prestigio servían como soportes de identidad corporativa. Su rareza es extrema: no existe una producción conocida en serie, y cada ejemplar identificado aparece como un superviviente aislado de una relación comercial puntual. La presencia del león sobre la flecha —símbolo del filo, la resistencia y la calidad de las herramientas Peugeot— convierte al reloj en una cápsula histórica que conserva intacto el espíritu técnico de la familia antes de la diversificación en motocicletas y automóviles.

Es, por tanto, una pieza digna de museo, un testimonio directo del diseño industrial francés y de la relojería suiza aplicada al universo corporativo, preservado en un estado notablemente bueno y mostrando un diálogo perfecto entre símbolo, técnica y legado histórico.

Historia del logo de la Casa Peugeot aplicada a sus distintos productos, la utilizada en este reloj es del año 1880-1910.

Coche Peugeot.

Publicidad de maquinas de coser Peugeot.

Publicidad de principios del siglo XX de bicicletas y coches.

HISTORIA O ANTECEDENTES  DE LA MARCA O MAESTRO RELOJERO QUE REALIZÓ ESTE  RELOJ:

La historia de Cortébert comienza en 1790, en el pequeño pueblo suizo del mismo nombre, situado en el valle de Saint-Imier, una de las cunas históricas de la relojería europea. En esta fecha, un maestro relojero local —cuya identidad exacta permanece oscurecida por la pérdida de archivos parroquiales y registros corporativos destruidos en el siglo XIX— estableció un taller que pronto se especializaría en la producción de relojes de bolsillo de alta calidad. Este taller inicial adquirió reputación por la precisión de sus movimientos y por su capacidad para producir piezas robustas destinadas a un uso intensivo, lo que acabaría marcando el ADN técnico de la marca. Durante gran parte del siglo XIX, Cortébert funcionó como una manufactura vertical, fabricando sus propios movimientos y abasteciendo a distribuidores suizos, franceses e italianos, además de trabajar como proveedor de calibre para casas que encargaban relojes grabados con sus propias marcas comerciales.

A lo largo de este periodo la firma desarrolló movimientos de arquitectura clara y platinas muy limpias, con una fiabilidad sobresaliente cuya fama pronto cruzó las fronteras. Hacia mediados del siglo XIX, Cortébert se convirtió en uno de los suministradores más respetados de relojes para empresas ferroviarias, cuya necesidad de precisión y robustez mecánica hizo que la marca perfeccionara calibres con reguladores finos, grandes ruedas de escape y trenes especialmente reforzados. Este vínculo ferroviario impulsó su expansión internacional más decisiva: en Italia, Cortébert llegó a ser durante décadas el principal fabricante de los relojes de bolsillo utilizados por el personal ferroviario del país, una relación tan estrecha que la marca se integró profundamente en la cultura técnica italiana, con miles de ejemplares distribuidos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, convirtiéndose en un verdadero símbolo de fiabilidad.

En paralelo, Cortébert fue desarrollando líneas de producción destinadas a encargos institucionales y corporativos. La manufactura destacó particularmente en la elaboración de relojes personalizados para grandes empresas, casas comerciales y organismos estatales. Estas series especiales, fabricadas en cantidades muy reducidas, incorporaban grabados heráldicos, escudos, logotipos industriales o inscripciones conmemorativas. Uno de los ejemplos más notables y raros conocidos es la producción de relojes exclusivos para la firma francesa Peugeot a finales del siglo XIX o inicios del XX, cuyos ejemplares se distinguen por la presencia del león heráldico de la marca, repujado sobre una flecha en la tapa posterior, así como por inscripciones que documentan su procedencia corporativa. Este tipo de colaboraciones sitúa a Cortébert en un espacio poco estudiado: el de la manufactura suiza aplicada a la cultura empresarial europea, donde los relojes funcionaban como objetos de prestigio, reconocimiento y fidelización industrial.

Hacia 1880–1910, la manufactura vivía su periodo de mayor solidez técnica: produjo calibres muy apreciados por su estabilidad cronométrica, su arquitectura práctica y su resistencia mecánica. Los movimientos Cortébert se identificaban fácilmente por sus platinas doradas, puentes de volante de diseño característico y trenes de ruedas robustos. Este enfoque pragmático, centrado en la utilidad y la longevidad, la alejó de las complicaciones de lujo y la posicionó como una manufactura de referencia para relojes de trabajo, ámbitos ferroviarios, institucionales y encargos corporativos. Sin embargo, esta especialización también contribuyó a que su nombre quedara menos presente en las grandes narrativas relojeras, más centradas en casas orientadas al lujo o a las complicaciones.

A comienzos del siglo XX, Cortébert continuó consolidando su presencia internacional: exportaba movimientos a Oriente Medio, relojes terminados a los Balcanes, y mantenía vínculos históricos con distribuidores en Francia, Italia, España y los Estados Unidos. La firma se distinguía, además, por una calidad constante incluso en sus líneas más sencillas, algo que le permitió sobrevivir con estabilidad hasta los años 1930. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la reorganización de la industria relojera suiza y la progresiva estandarización de calibres afectaron profundamente a la empresa. Tras la guerra, Cortébert mantuvo cierta producción, pero ya no alcanzaría la prominencia internacional obtenida durante su edad dorada.

El declive definitivo llegó con la crisis del cuarzo durante las décadas de 1970 y 1980. Como muchas otras casas tradicionales que dependían de la fabricación mecánica, la creciente dominación de los movimientos electrónicos y la reestructuración del mercado suizo provocaron la desaparición de la marca como manufactura activa. A pesar de ello, los relojes Cortébert sobreviven hoy como testimonios materiales de una de las manufacturas helvéticas más respetadas por su honestidad técnica, su fiabilidad, su importancia ferroviaria y su participación en encargos industriales de alto valor simbólico.

En conjunto, la historia de Cortébert presenta una de las trayectorias más coherentes de la relojería suiza: nació como un taller artesanal en 1790, creció hasta convertirse en una manufactura de referencia para contextos donde la precisión era crítica, colaboró con grandes empresas europeas —de ferrocarriles a corporaciones industriales como Peugeot— y se extinguió con la llegada del cuarzo después de casi dos siglos de actividad. Su legado, presente en miles de piezas que aún funcionan con exactitud admirable, confirma que Cortébert fue una de las grandes casas del valle relojero suizo, y una de las más influyentes en la cultura técnica de Europa.

La relación Histórica entre la manufactura relojera Cortebert y la casa Peugeot 1895-1915.

La interacción entre la manufactura relojera suiza Cortébert y la casa industrial francesa Peugeot constituye uno de los episodios menos estudiados —pero más significativos— de la relación entre la relojería helvética y la industria francesa en el período de modernización técnica de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los relojes producidos por Cortébert para Peugeot, de los cuales sobreviven apenas un puñado de ejemplares, permiten reconstruir un vínculo directo entre ambas firmas, cimentado en la tradición suiza de precisión y en el uso de objetos de prestigio como herramientas identitarias dentro del tejido empresarial europeo.

La manufactura Cortébert, fundada en 1790 en la localidad suiza homónima, se consolidó en el siglo XIX como una de las casas de referencia en calibres robustos destinados al uso ferroviario, institucional y corporativo. Su presencia en Francia era constante gracias a redes de distribución asentadas desde la década de 1860. Hacia 1895–1905, Cortébert desarrolló líneas de relojes de encargo para multinacionales, gremios y grandes empresas europeas, produciendo piezas personalizadas con emblemas, leyendas institucionales y grabados heráldicos. Fue en este contexto en el que surgió su colaboración con la firma francesa Les Fils de Peugeot Frères.

Peugeot, cuyo origen industrial se remonta a 1810 con la familia de Valentigney, utilizaba desde 1850 el emblema del león posado sobre una flecha para distinguir la resistencia y filo de sus hojas de sierra. Antes de la diversificación hacia el sector automovilístico, Peugeot fue esencialmente un conglomerado metalúrgico que empleaba símbolos corporativos en herramientas, bicicletas, utensilios y piezas de representación. La entrega de relojes personalizados a distribuidores, agentes comerciales o personal clave encaja plenamente en la estrategia de prestigio que muchas empresas francesas adoptaron en torno a 1880–1910.

El reloj Cortébert producido exclusivamente para Peugeot, identificado por la inscripción en el bisel “Ofert par les Fils de Peugeot Frères, Valentigney”, confirma que la pieza formó parte de una serie de obsequios industriales de alto nivel, probablemente fabricados en lotes muy reducidos. Más significativa aún es la tapa posterior, donde se observa un león macho en pleno relieve, firmemente modelado sobre una flecha horizontal, acompañado del texto repujado “Lion Peugeot”. Este motivo coincide con los registros de marca de Peugeot desde mediados del siglo XIX y constituye un testimonio directo del uso temprano del emblema en objetos de metal trabajados fuera de su producción propia. La manufactura suiza, por su parte, asumió el desafío de convertir un símbolo corporativo en una pieza de representación con criterios artísticos, algo que pocas casas relojeras ofrecían con el mismo nivel de acabado.

El movimiento que equipa estos relojes es característico de los calibres Cortébert de la transición de siglo: platina dorada, tren de ruedas visible, puente de volante recortado y disposición limpia basada en su línea de calibres de trabajo para mercados europeos. Su robustez técnica explica por qué Cortébert eligió este tipo de arquitectura en relojes destinados a empresas que requerían precisión y durabilidad. Lejos de tratarse de un mecanismo decorativo, se trata de un calibre perfectamente funcional, propio de la producción utilitaria de alta categoría que Cortébert ofrecía a compañías con imagen de excelencia técnica.

Las implicaciones históricas de esta colaboración son notables. En primer lugar, muestran que Peugeot no solo comercializó herramientas y bicicletas, sino que también creó objetos corporativos de lujo mediante terceros de primer nivel. En segundo lugar, demuestran que Cortébert desempeñó un papel relevante en la relojería aplicada al ámbito industrial francés, produciendo piezas que actuaban como símbolos de identidad empresarial. En tercer lugar, estos relojes constituyen una de las primeras manifestaciones materiales del “Lion Peugeot” fuera del sector metalúrgico tradicional, anticipando su posterior uso en automóviles, motocicletas y publicidad institucional. La convergencia entre la excelencia técnica suiza y la iconografía industrial francesa queda así materializada en una pieza que funciona simultáneamente como instrumento de precisión, objeto artístico y documento histórico.

El estudio estilístico, técnico y epigráfico de los ejemplares conservados indica una producción muy limitada, presumiblemente anterior a 1915 y probablemente situada entre 1898 y 1908, coincidiendo con un período de fuerte expansión comercial de Peugeot y con la madurez productiva de Cortébert en relojes corporativos. La elaboración de las tapas repujadas, la calidad del esmaltado frontal y la coherencia tipográfica con el catálogo de Cortébert de la época permiten establecer una datación sólida dentro de ese intervalo. Aunque no existe documentación oficial publicada por ambas casas sobre este encargo, el análisis material, la iconografía del león sobre flecha y las inscripciones geográficas concuerdan con la actividad comercial que Peugeot desarrolló desde su sede histórica de Valentigney.

En consecuencia, los relojes Cortébert–Peugeot representan un cruce excepcional entre historia industrial, patrimonio corporativo y artes aplicadas, conservando en estado físico un fragmento esencial del desarrollo temprano de dos casas europeas emblemáticas. Su rareza extrema y su carácter plenamente identificable los sitúan en la categoría de piezas museísticas, dignas de estudio en el contexto de la relojería aplicada a grandes manufacturas francesas y del uso de objetos técnicos como vehículos de prestigio empresarial.

FOTOGRAFÍAS O IMÁGENES HISTÓRICAS DE LA ÉPOCA EN LA QUE SE UTILIZABA ESTE RELOJ:

CALIBRE DEL RELOJ:

El calibre de este reloj es redondo a tres cuartos.

Los relojes de bolsillo abarcan una amplia gama de calibres, desde los más antiguos como el catalino el semicatalino a los básicos como el calibre Roskopf, hasta los más avanzados como el calibre tourbillon. Cada uno de estos calibres refleja diferentes enfoques para la medición del tiempo, adaptados a las necesidades tecnológicas, económicas y sociales de su época.

En relojería, el término calibre hace referencia al diseño o tipo de movimiento interno de un reloj, incluidas las dimensiones, disposición y componentes del mecanismo. En el caso de los relojes de bolsillo, hubo una amplia variedad de calibres desarrollados a lo largo de los siglos XIX y principios del XX, adaptados a distintas necesidades y estilos.

TIPO DE ESCAPE DEL RELOJ:

El escape de este reloj es de ancora.

En la relojería mecánica, el escape es el órgano encargado de regular la transmisión de energía desde el tren de rodaje hacia el volante y la espiral. Su misión es doble: por un lado, mantener la oscilación del órgano regulador mediante impulsos periódicos, y por otro, dividir de forma precisa el tiempo en fracciones iguales, que serán indicadas por las agujas. En los relojes de bolsillo, desde el siglo XVI hasta comienzos del XX, se desarrolló una gran variedad de escapes, cada uno con características propias que marcaron la evolución técnica hacia la relojería moderna.

El escape catalino (verge fusee escapement)

Es el más antiguo de todos los empleados en relojería portátil. Introducido en el siglo XVI, consta de un eje vertical denominado Verge fusee con dos paletas que engranan directamente con la rueda de escape en forma de corona, llamada catalina. Su principal ventaja es la simplicidad, pero adolece de ser muy ineficiente, con gran fricción, alto desgaste y una amplitud reducida del volante. Siempre se combina con la cuerda-fusée o cadenita necesaria para compensar la irregularidad del muelle real. Su sonido fuerte y característico delata este tipo de mecanismo.

El escape semicatalino

Llamado así porque conserva la estética de los relojes catalinos pero con un mecanismo completamente distinto, aparece en el siglo XIX como transición hacia la relojería moderna. En lugar del primitivo sistema de Verge Fusee, emplea un escape de áncora, mucho más preciso y duradero. A menudo se confunden con los catalinos, pero se distinguen porque su escape no es vertical y porque suelen carecer de fusée, trabajando directamente con el barrilete. En la práctica, el semicatalino marca el paso del reloj antiguo al moderno, al unir una caja de estilo tradicional con una mecánica evolucionada.

El escape Duplex 

este escape constituye uno de los desarrollos más interesantes en la historia de la relojería de bolsillo del siglo XVIII y XIX, al representar un punto de transición entre los escapes de rueda de corona y los más evolucionados de áncora. Su nombre proviene del diseño de su rueda de escape, que posee dos series de dientes dispuestas en niveles distintos, una superior y otra inferior, responsables respectivamente del impulso y del bloqueo. En esencia, el Duplex es un escape directo, pues transmite la energía del tren de engranajes al volante sin intermediarios como paletas o áncora. Su funcionamiento puede describirse del modo siguiente: la rueda de escape gira impulsada por el muelle real, y en su eje se encuentra un pasador o piedra de impulso montado en el eje del volante. Cuando este oscila, dicho pasador se acopla momentáneamente con uno de los dientes largos de la rueda de escape, recibiendo de él el impulso que mantiene su oscilación. Una vez transmitida la energía, un diente corto de la misma rueda entra en contacto con la superficie de bloqueo o disco del eje, deteniendo el movimiento hasta el siguiente paso del volante. Este juego alterno de impulso y bloqueo, logrado mediante dos coronas de dientes, confiere al sistema una regularidad notable siempre que las proporciones sean exactas. El escape Duplex ofrece un rendimiento muy eficiente en términos de fricción, ya que reduce el número de puntos de contacto y elimina las pérdidas que generan las paletas del áncora. Sin embargo, su principal debilidad reside en su extrema sensibilidad: una leve variación en la altura de los dientes, en la posición del pasador o en la geometría del disco de bloqueo puede alterar su marcha o incluso detener el reloj. Por esta razón, aunque alcanzó un grado de precisión muy respetable en su tiempo y fue empleado por diversos relojeros europeos, su ajuste requería una pericia considerable y su mantenimiento resultaba complejo. Además, al no permitir cuerda en ambos sentidos ni incorporar sistemas antichoque, el Duplex era poco adecuado para relojes de uso cotidiano. Con el avance del siglo XIX y la consolidación del escape de áncora suizo, más robusto y fácil de regular, el Duplex cayó en desuso, permaneciendo hoy como una pieza de interés histórico y técnico. Su diseño, elegante en su simplicidad, resume el espíritu de una época en que la relojería buscaba conjugar precisión científica y refinamiento mecánico.

El escape de cilindro

Introducido por Thomas Tompion y perfeccionado por George Graham a principios del siglo XVIII, fue uno de los más difundidos en relojes de bolsillo de los siglos XVIII y XIX. Su principio se basa en un cilindro hueco en cuyo interior engrana la rueda de escape. El impulso se transmite con menor fricción que en el catalino, y permite relojes más planos y precisos, aunque el desgaste de las superficies de contacto limitaba su durabilidad.

El escape de espiga o de clavijas (pin lever escapement)

Popularizado en relojería económica del siglo XIX, consiste en una rueda de escape que impulsa pequeñas clavijas en lugar de paletas de rubí. Se trataba de una solución barata, de fabricación sencilla, pero menos precisa y duradera que los escapes de áncora.

El escape de detente o de cronómetro (detent escapement)

Empleado principalmente en cronómetros marinos y en algunos relojes de bolsillo de alta precisión. Se caracteriza por su transmisión directa del impulso al volante, con una sola dirección de acción. Su ventaja es la altísima precisión y la ausencia de fricciones innecesarias; su desventaja, la fragilidad, pues un golpe o sacudida puede detener la marcha.

El escape de áncora inglés y el áncora suizo

El escape de áncora, inventado en Inglaterra a finales del siglo XVII, introdujo la idea de una palanca intermedia (la áncora) que transmite el impulso desde la rueda de escape al volante. El escape de áncora suizo, perfeccionado en el siglo XIX, se convirtió en el estándar de la relojería moderna. Su principal virtud es la combinación de fiabilidad, eficiencia y facilidad de ajuste.

Otros escapes menos comunes

En el campo experimental o de alta relojería aparecieron también el escape duplex (de doble impulso, desarrollado en el siglo XVIII), el escape de rueda de encuentro (muy temprano, precursor del catalino), o el escape de palanca con clavijas. Estos sistemas tuvieron una difusión limitada pero forman parte de la historia técnica de los relojes de bolsillo.

TIPO DE VOLANTE DEL RELOJ:

El volante de este reloj es redondo.

Dentro de la maquinaria de un reloj mecánico, el órgano regulador tiene por objeto transformar la energía suministrada por el tren de rodaje en oscilaciones periódicas que gobiernan el avance de las agujas. En este contexto, el volante constituye el elemento oscilador por excelencia. El volante anular, definido por su geometría de aro cerrado, se caracteriza por un reparto homogéneo de la masa en torno al eje de oscilación, lo que genera un elevado momento de inercia. Esta propiedad asegura una mayor estabilidad isócrona frente a perturbaciones menores, aunque a costa de requerir mayor aporte energético desde el escape.

El volante anular macizo fue empleado ya en los relojes portátiles del siglo XVII y se consolidó como estándar en la relojería de bolsillo de los siglos XVIII y XIX. Su principal limitación técnica radicaba en la sensibilidad térmica: la dilatación del metal alteraba el diámetro efectivo y, por ende, la frecuencia. Para corregir esta deficiencia, Abraham-Louis Breguet introdujo a finales del siglo XVIII el volante bimetálico cortado, cuyo aro, formado por láminas de acero y latón, incorporaba ranuras de dilatación que permitían una compensación dinámica frente a la variación de temperatura. Este avance fue clave en el desarrollo de los cronómetros marinos y estableció un estándar técnico que se mantuvo hasta el siglo XX.

En paralelo, la búsqueda de precisión condujo a la implementación de volantes con tornillos de regulación. Estos incorporaban en la periferia pequeños tornillos de latón, oro o platino que permitían variar el momento de inercia y equilibrar dinámicamente el oscilador. Charles Édouard Guillaume, premio Nobel de Física en 1920, desarrolló una aleación de hierro y níquel conocida como Invar que revolucionó la relojería al ofrecer una elasticidad prácticamente invariable frente a la temperatura. Con la introducción de estas aleaciones, la necesidad del volante cortado desapareció, dando paso a volantes anulares macizos con comportamiento térmico estable.

En la relojería contemporánea, firmas como Rolex,Patek Philippe, Audemars Piguet, Vacheron Constantin, A. Lange & Söhne, Jaeger-LeCoultre, Breguet, F.P. Journe, Cartier entre otras perfeccionaron el concepto del volante anular mediante sistemas de inercia variable. Rolex patentó su volante Microstella (patente suiza CH 356.934, de 1961), con microtornillos interiores que permiten ajustar la inercia sin alterar la masa global. Patek Philippe, por su parte, desarrolló el sistema Gyromax en 1951, en el que pequeñas masas pivotantes dispuestas radialmente permiten una regulación extremadamente precisa y aerodinámicamente más eficiente. Estos sistemas eliminaron la necesidad de raquetas de ajuste y se consolidaron como referentes en la alta relojería suiza.

La evolución reciente ha incorporado nuevos materiales y arquitecturas. El empleo de silicio monocristalino, introducido en relojería a principios del siglo XXI (Ulysse Nardin, 2001; Patek Philippe, 2005), ha permitido diseñar volantes ultraligeros, antimagnéticos y con coeficientes de dilatación prácticamente nulos. Asimismo, algunos fabricantes han explorado volantes esqueletados o con geometrías complejas optimizadas mediante simulaciones computacionales para minimizar la resistencia aerodinámica y mejorar la eficiencia energética.

En conclusión, el volante anular representa no sólo la pieza central del órgano regulador, sino también un testimonio histórico de la constante búsqueda de la isocronía. Desde el volante macizo del siglo XVII hasta los actuales volantes de silicio con inercia variable, su evolución refleja un diálogo entre tradición artesanal, innovación metalúrgica y desarrollo científico que ha definido el progreso de la relojería de precisión.

HISTORIA DE LA RELOJERÍA DE BOLSILLO EN EL MUNDO:

La historia de la relojería de bolsillo constituye un relato fascinante de innovación, arte y técnica, que se desarrolla a lo largo de varios siglos y atraviesa distintos países y tradiciones culturales. Sus orígenes se sitúan en la Europa del siglo XVI, cuando los primeros relojes portátiles comenzaron a aparecer en Alemania e Italia. En Nuremberg, Peter Henlein desarrolló en torno a 1510 los primeros relojes de bolsillo, conocidos como Nürnberger Eier por su forma ovoide, combinando muelles de cuerda con engranajes rudimentarios. Paralelamente, en Italia se produjeron piezas de carácter artesanal, a menudo como objetos de lujo para la nobleza, donde la decoración superaba la precisión mecánica, utilizando cajas de oro y esmaltes pintados.

Durante el siglo XVII, Francia e Inglaterra se consolidaron como centros fundamentales de la relojería de bolsillo. En Francia, los talleres parisinos desarrollaron complicaciones como repeticiones de cuartos y calendarios, mientras que la escuela inglesa, representada por relojeros como Thomas Tompion y George Graham, perfeccionó los escapes de reloj y los sistemas de compensación de temperatura, con avances decisivos en la precisión cronométrica. La implantación del escape de áncora inglés en 1675 permitió la fabricación de relojes de bolsillo más fiables y duraderos, estableciendo un estándar de excelencia que influiría en toda Europa.

Suiza se convirtió en el siglo XVIII en el epicentro de la relojería de lujo y precisión. Ciudades como Ginebra, La Chaux-de-Fonds y Le Locle consolidaron talleres que combinaban técnicas francesas, inglesas y propias. Se destacaron por la miniaturización, los acabados de alta calidad, la introducción de escapes innovadores como el Duplex y el cilindro, y la producción de complicaciones complejas, incluyendo cronógrafos, repetición de minutos y calendarios perpetuos. La relojería suiza se orientó tanto al mercado europeo como al americano, donde la demanda de relojes portátiles precisos creció durante la expansión industrial.

En Alemania, Sajonia, especialmente la región de Glashütte, desarrolló un estilo propio a partir del siglo XIX, con énfasis en la precisión técnica y la excelencia mecánica. Relojeros como A. Lange & Söhne crearon calibres con acabados de alta calidad, platinas decoradas y sistemas de regulación innovadores, que rivalizaban con los mejores relojes suizos, aportando además un carácter distintivo a la relojería alemana.

En Inglaterra, el siglo XVIII y XIX fue la época dorada de la relojería de precisión con los relojes de bolsillo de alta precisión destinados a la navegación y la cronometría. John Harrison desarrolló los famosos cronómetros marinos que resolvieron el problema de la longitud, mientras que otros fabricantes perfeccionaban escapes y ruedas de volante con balances de compensación térmica, consolidando a Inglaterra como referente en relojería científica y de precisión.

Italia, aunque menos influyente en la producción industrial, mantuvo una tradición artesanal de relojería de lujo, con relojes de bolsillo decorativos y complicados, destinados a la aristocracia y al coleccionismo, combinando esmaltes, piedras preciosas y grabados finos.

En Estados Unidos, la relojería de bolsillo se industrializó en el siglo XIX, con empresas como Waltham Watch Company y Elgin National Watch Company, que desarrollaron producción en serie de relojes precisos y asequibles. El modelo estadounidense se caracterizó por la estandarización de piezas y la robustez, lo que permitió la expansión del reloj de bolsillo entre la clase media y los ferrocarriles, donde la precisión era esencial para la seguridad.

Rusia también tuvo un papel destacado, especialmente durante el siglo XIX y principios del XX, con talleres como los de Peterhof y las manufacturas de San Petersburgo, que produjeron relojes de lujo e incorporaron influencias suizas en escapes y decoración, abasteciendo a la nobleza imperial y al mercado europeo.

Japón y China, aunque inicialmente adoptaron la relojería europea a través del comercio, comenzaron a producir relojes de bolsillo de manera local desde finales del siglo XIX y principios del XX. En Japón, compañías como Seikosha iniciaron la manufactura de relojes inspirados en modelos suizos y americanos, adaptando tecnologías importadas y formando las bases de la relojería moderna japonesa.

A lo largo de los siglos XVIII y XIX, la relojería de bolsillo se consolidó como un fenómeno global, en el que Alemania, Suiza, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Italia y Rusia desempeñaron papeles decisivos, mientras que Japón y China adoptaron progresivamente estas técnicas para su industria emergente. Cada país aportó innovaciones únicas: escapes, compensaciones, complicaciones y acabados decorativos, que reflejan tanto las exigencias funcionales como la sensibilidad estética de sus respectivas culturas. La relojería de bolsillo, en definitiva, no solo fue un instrumento de medida del tiempo, sino un objeto artístico y tecnológico que permitió el desarrollo de estándares de precisión y manufactura que sentaron las bases de la relojería contemporánea en todo el mundo.

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